sábado, 15 de mayo de 2010

The art instinct, de Dennis Dutton

Con algunos amigos acostumbramos a hablar de arte . Somos por completo ignorantes en el tema, aunque debo decir que hemos intentado penetrar con diverso celo en las razones de su pervivencia. Nos preguntamos principalmente por las razones que hacen del arte moderno una actividad prestigiosa y escandalosamente subvencionada cuando somos incapaces de apreciar en él el menor signo de inteligibilidad. De manera que en cuanto leí acerca de este libro lo compré de inmediato. La síntesis me pareció muy atractiva: una explicación evolutiva a la existencia de arte en todas las culturas. Conocía al autor por su web http://www.aldaily.com/, un agregador acerca de cultura y pensamiento muy interesante. Por tanto las expectativas eran altas. Y, como suele ocurrir, defraudadas.
Los científicos poetizando acostumbran a caer en un ridículo tirando a inocentón y por tanto disculpable; meterse a científico sin dominar el tema tratado es peor puesto que es inevitable el error. No negaré al autor lo plausible de su tesis, poco novedosa en cualquier caso puesto que Steven Pinker la ha enunciado previamente y mejor -es un escritor de primera-. Lo que no es admisible es extraer conclusiones basadas en indicios tan tenues. Que el arte haya perdurado a lo largo de todas las culturas prueba que ha existido ancestralmente, no que sea una estrategia evolutiva provechosa, por mucho que intuitivamente podamos percibir un atisbo de verdad. Discernir si se trata de una adaptación o de un "by-product" de una adaptación no me parece posible con el conocimiento actual del cerebro. No creo que la comparación con el lenguaje sea acertada. Veo un poso de verdad en la hipótesis de Pinker, seguida por Dennis Dutton, según la cual la ficción -el arte en general- ha tenido una utilidad ancestral como fórmula de conocimiento adicional a la experiencia personal. Tratar de demostrarlo con medios de tipo, digamos, literario, es aventurado y reprochable como método.
En cualquier caso, el libro se lee con placer y propone ideas sobre las que reflexionar en próximas sobremesas, que terminarán -como siempre- en insultos a Barceló y al Ministerio de Cultura.

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