
Ultima entrega (la numero 16!!) de una de las aventuras literarias más singulares que conozco: el Salón de pasos perdidos, de Andrés Trapiello. No busquemos en ella novedades respecto a las anteriores, acaso en algún punto se le nota más el alejamiento del diario puro y deja mayor espacio para la novelería más convencional.
Los elementos son los de siempre: el diario comienza el día de Ano Nuevo en su casa del campo extremeño y termina el día 31 de Diciembre, esta vez, faltando a la costumbre, en Madrid. En medio reflexiones, pequeñas cotidianidades, los inevitables cotilleos literarios donde las iniciales cada vez ocultan menos, y todo lo que quepa en 800 paginas -800 páginas anuales, cabe recordar- hilvanadas por algunos elementos comunes que, para qué negarlo, enganchan. No es un libro, como el resto de la serie -de los que he leído, que serán 7 u 8-, que permanezca en el recuerdo por sus ideas ni por la anécdota, que habitualmente es pequeña y digamos, japonesa por tenue. Me temo que la fama se la ha ganado más por el puro cotilleo. Por qué entonces, pasados unos meses, te empiezas a preguntar cuando saldrá el siguiente volumen? No estoy seguro, pero creo que es por la lengua. Lo mejor de lejos es la escritura limpia, donde las palabras encuentran su lugar preciso. En ocasiones cuenta pequeñas historias de 2 o 3 páginas que se convierten gracias a ese castellano casi olvidado, que sonara a chino a la mayoría de los periodistas y redactores de noticias -y que decir de los politicos-, en relatos realmente hermosos. Agradeces encontrarte a lo largo del camino con palabras que ignorabas como lubricán, tuero, esquero, acabalar...que parecen rescatadas de algún baúl a medio camino del vertedero y que, al menos durante 5 minutos, recuperan su antigua función. Con esa manera de escribir, hasta las abundantes miserias de escritores, críticos y artistas en general molestan menos.
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