domingo, 14 de marzo de 2010

Cuentos imprescindibles, de Chejov

No soy un lector asiduo de cuentos o relatos. Lo mismo puedo decir de la poesía. Si tengo que elegir, en ambos géneros prefiero la tradición anónima o folclórica que la literaria. Una teoría defiende que la pervivencia de la ficción se debe a que es un medio de conocimiento inmediato. Nos resultaría complicado separar lo que hemos aprendido en nuestra experiencia vital de lo que hemos leído, o incluso de lo que nos han contado, todo cuenta para formar nuestra visión del mundo. Un cuento clásico es una cápsula de información sobre personas y lugares que viaja de generación en generación por su utilidad más que por su belleza. Por eso el cuento literario nace con una ambición a priori excesiva, y por eso en mi opinión resultan fallidos con mucha frecuencia. Chejov es de los pocos cuentistas a quienes releo de vez en cuando. También tiene relatos flojos, o intrascendentes, pero en sus mejores momentos consigue que por tu cabeza pase fugazmente un sentimiento de comprensión que se extiende mucho mas allá de las habitualmente pálidas tramas y de los personajes anodinos.

Se dice que la piedra de toque de un clásico pasa por su relectura, y con Chejov en mi caso se da completamente. Cada vez que releo alguna colección de sus cuentos descubro nuevas perspectivas en relatos que otra vez me parecieron ramplones. En ésta creo por fin haber apreciado la potencia desoladora de unos de los mas famosos: El pabellón numero 6, y he descubierto uno de sus cuentos tempranos más deslumbrantes: Champagne, donde, en un alarde que luego va a ser imitado prodigamente, se detiene en el preámbulo pero elude contar el hecho principal. Otro que no había leído antes y me ha parecido alucinante: Por asuntos del servicio, donde creo ver un antecedente de un relato mucho más conocido: Los muertos, de James Joyce.

Cuentos imprescindibles, De Bolsillo, prólogo de Richard Ford

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